Si no vinieran ¿Entonces?

Con motivo de celebrar el cumpleaños de una tía, su hijo -mi primo- organizó una comida familiar en la vieja casa donde vivieron y murieron mis abuelos.

A medida que se acercaba el medio día, fuimos llegando las familias que componemos este variopinto grupo consanguíneo. A eso de las 3 de la tarde, luego de un aperitivo por demás exquisito, nos sentamos en la mesa que se despliega para hacerla más larga, cada vez que se hacen acontecimientos de este tipo.

La comida transcurrió sin nada especialmente interesante qué contar, se habló de comidas anteriores, anécdotas de la tía cumpleañera, y alguno que otro pique entre familiares históricamente enfrentados.

El punto al que intento llegar, luego de recordar este sábado de marzo de 2020, es que mientras mi familia festejaba el cumpleaños, se iba extendiendo el nubarrón de la pandemia sobre el país, y nosotros no imaginábamos lo que se venía.

El tema no tardó en instalarse sobremesa. La generalidad de las opiniones apuntó a despotricar contra los chinos y sus costumbres alimentarias, otras voces menos críticas invocaron al muy clásico “Dios no ha de querer que llegue a Bolivia”. Poco a poco, el miedo, la incertidumbre y los efectos consabidos de dos o más vasos de chuflay calentaron la conversación hasta llevarla a puntos que no siempre tienen retorno.

Así, el artífice de la reunión cumpleañera, haciendo uso de la prerrogativa de ser el “dueño de la fiesta”, tomó la palabra atropelladamente, predijo que en Bolivia la pandemia sería un verdadero caos, debido a que “los del campo al ser tan ignorantes” no sabrían llevar a cabo las medidas de seguridad que se recomendaban. Aseguraba con gran autoridad, que la medida principal a tomar por el gobierno, debía ser cerrar el paso a las ciudades a esta gente -como él les llama- la poca educación que tienen, sus hábitos reñidos con las costumbres de los citadinos y muchos más argumentos le hacían asegurar con rotundidad que “esta gente” pondría en peligro la seguridad de la ciudadanía.

Al día siguiente, mi cabeza era un torbellino, en medio del chaqui que me acometía, escuché a la presidenta del país, anunciar medidas estrictas de cuarentena, entre las que se destacaba el rezar a Dios para que el virus no nos afecte tanto.

De aquí en adelante, las cosas son de conocimiento general, claramente no volví a ver a la gran mayoría de familiares, la cuarentena no lo permitía, los casos de enfermos con la COVID-19 aumentaban con celeridad y la angustia daba paso a la desesperación. La gente con mayores recursos inició un voraz aprovisionamiento, mientras que la gente sin tantos recursos, se quedaba viendo impávida la miseria humana.

Un día cualquiera, uniformes de todo tipo campaban en las calles, en mi mente se despertó un viejo temor -recordé otras épocas en la que los militares en las calles significaba golpe de Estado- pero al mismo tiempo me vino a la mente mis viejas tías y mi locuaz primo. Pensé que talvez realmente éste tenía razón, cerrarían el paso a las ciudades. Sabemos que no fue así, se trataba de que había que controlar a los estudiados citadinos de su propia imprudencia y altivez. Muy pocos, acataban las medidas de prevención. Es decir, no era un problema de ser o no ser del campo -como creía mi primo- era una cuestión de conciencia y respeto de cuidarse a si mismo para cuidar del resto.

También en las calles empezó a verse a “esa gente” del campo que, según mi primo, debían quedarse en su lugar, educarse si querían venir a las ciudades. Lo que él no tomaba en cuenta era el valioso aporte que dieron los productores del área rural al aprovisionamiento de alimentos durante la cuarentena y después de ésta. Estaban en casi todas las esquinas con alimentos de todo tipo, frescos, abundantes y a disposición de los “citadinos”.

No recuerdo palabras de reconocimiento al aporte de las y los campesinos que con sus propios medios y sorteando un sinfín de obstáculos llegaban a las ciudades con su cosecha. No sé si los gobiernos tomaron medidas de apoyo y seguridad para resguardar la salud e integridad de quienes estaban a riesgo de su propia vida y sin apoyo en las calles logrando que no falte la comida.

Lo que sí tuvo mucha repercusión en los medios de comunicación fueron los puentes aéreos para garantizar el pollo transgénico desde el oriente y que los supermercados estén siempre abarrotados.

Bueno, la cebolla ya está en la sartén y yo debo dejar estos devaneos, lo hago sin dejar pasar el reconocer que esta cebolla y todas las verduras en mi plato, las disfruto gracias a la noble y sacrificada labor que tuvieron y aún siguen teniendo estos productores.

En fin, así nos va.

Por Enriqe Torrejón

Coordinador del proyecto Sistemas Alimentarios Sostenibles de UNITAS.

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