Invisibles: Una sociedad con excesivas e intolerables violencias

Desde hace siglos se repiten historias entrecruzadas, múltiples y diversas. Son las nuestras, somos millones que día a día nos encontramos en realidades diferentes y con situaciones comunes en nuestras vidas, difíciles de explicar, no declaradas, no asumidas, no cuestionadas y absurdamente naturalizadas.  

Nacemos y por ese solo hecho, en miles de hogares ya hemos generado conflictos, por no ser lo que esperaban, por no ser portadoras de la extensión del apellido, por no ser consideradas potenciales productoras, por ser “una carga en la familia” o por la desilusión de ser solo reproductoras o no serlo.

Día a día crecemos. Nuestro entorno no se presenta como el más seguro, ni siquiera junto a nuestros familiares que debieran proporcionarnos un cordón fuerte al que podamos afianzarnos. Muchas hebras de ese cordón están teñidas de desconfianza en nosotras, con incertidumbres y miedos de invertir en nuestro futuro, estamos expuestas a peligros inminentes que nos laceran, nos dañan, nos marcan hasta matarnos en vida, sin posibilidad de mostrar esas marcas ante una sociedad que encubre y soslaya nuestra realidad.

La vida se abre, nuestros cuerpos cambian y necesitamos mucho más que ropa de diferente talla…, necesitamos atención, necesitamos conocernos y reconocernos, pero no sólo eso, necesitamos seguridad,  necesitamos afianzar nuestra personalidad, necesitamos círculos de confianza, necesitamos referentes; pero, una y otra vez el entorno es escabroso, no encontramos respuestas acertadas a estos cambios.

¿Cuántas somos las que nos animamos a desafiar los dogmas y reglas que nos impone la familia, la escuela, la iglesia, la comunidad o los usos y costumbres? Todo está dirigido a cumplir el rol tradicional trazado para nosotras. En este escenario no encontramos un entorno seguro, propicio y confiable que nos lleve a seguir a paso firme.

Hemos sufrido cambios en nuestras vidas con ninguna, poca o mucha información. Ya estamos en otro escenario, donde pensamos tomar decisiones sobre nuestras vidas y todo parece sencillo a seguir,  pero avizoramos un horizonte lúgubre; la desconfianza no cesa, nos imprimen mayores condicionamientos y sometimientos. Sin reparos se llega al uso de la fuerza en nuestra integridad y nuestros cuerpos  que son tomados como propiedad. Qué aterrador, asqueroso, indescriptible, inaguantable… y otra vez, todo absurdamente naturalizado.

El siglo XXI pareciera un tiempo nuevo con caminos que nos llevan al “querer ser”, sin embargo, la realidad del “deber ser” no cesa en la presión y subordinación. Nos matan si nos resistimos a entrar en el molde de obedientes, conservadoras, intachables, reproductoras, las sin voz, sin autonomías y sin nosotras mismas.

Estamos todas en un lugar del mundo donde nuestras historias se entrelazan, lugar donde las invisibles, diversas y diferentes nacemos, crecemos, caminamos en una sociedad patriarcal indolente y  tolerante con nuestras muertes, conformista ante los abusos y delitos, cómplice de la impunidad y violación a nuestros derechos humanos, reproductora de un sistema de desigualdades, permisiva ante hechos que nos subordinan y excluyen. Por la indiferencia de actores públicos ante cifras cotidianas, continuamos todas reunidas en una encrucijada peligrosa, acechadas por la institucionalidad, los perjuicios y las negaciones del entorno a  nuestras vidas íntegras, plenas y libres.

Iris Baptista Gutiérrez

Coordinadora del Programa Equidad  para el Desarrollo de UNITAS

Leave comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.