I Li ki moja barba

Caminando por las calles de la capital de Guinea Bissau me encontré con la puerta abierta de un restaurante, al que me adentré sin mayor intención que refrescarme del tremendo calor que hacía. Ya dentro, encontré algunos hombres que bebían un licor de palmera; como dije, lo que yo quería era un vaso de agua para refrescarme; no había.

El camarero me dijo que si quería agua, vaya y la saque del pozo de la esquina. Me pareció normal y me dirigí a la esquina.

Alrededor del pozo jugueteaban varios niños y niñas, mientras esperaban su turno para sacar el agua en cuencos de todo tamaño. Al verme llegar, se pusieron atentos para ver qué hacía; no tardaron en darse cuenta que lo que necesitaba era un poco de agua para beber, me dejaron un cazo amarrado a una cuerda y señalándome la boca del pozo se dispusieron a ver mis habilidades.

No voy a abundar en el gran ridículo que hice y las risas con la que esta gente dispensó mi total inutilidad ante una tarea seguramente tan sencilla y cotidiana, que hasta niños de muy corta edad la realizaban sin mayor esfuerzo.

Más sediento y casi al borde del desmayo, cometí una equivocación, ofrecí dinero por un poco de agua, esta vez no fueron risas, sino miradas desconfiadas y de desaprobación. Finalmente, una niña, la mayor de todas las personas congregadas alrededor del pozo aquel mediodía, me acercó un cuenco con agua.

Bebí con fruición, hasta donde mis pulmones me permitieron aguantar la respiración, que fue casi todo el cuenco; y llegó la segunda equivocación del día: quedaba un poco en la base, y claro, fiel a costumbres arraigadas por provenir de un lugar donde parece que el agua no cuesta nada, tiré al suelo el resto.

Esta vez, ya no fueron miradas, sino abucheos y voces en kreol, indignadas me despidieron y siguieron sonando en mi cabeza durante la noche; todavía ahora vuelven a mi memoria cada vez que abro el grifo en casa.

La joven que me había pasado el cuenco con agua, en un portuñol bastante trabajado, me dijo, “el agua se acaba, y la gente sigue viviendo y naciendo, si no la cuidamos, tendremos que soportar peores tiempos, mucho más que todo estos últimos años, o desaparecer”.

Tal vez el calor, o simplemente la idiotez característica del que cree saberlo todo, me llevó a actuar de aquella manera absurda, no solo es el poco de agua que tiré al suelo, sino la desesperanza de los débiles ante la insensatez del progreso, esto, lo vi reflejado en la mirada incrédula de las niñas y niños que antes me habían ofrecido sin miramientos un preciado bien.  

Bueno, para no dejar a medias el relato, les cuento que luego del “incidente” y con las orejas caídas de la vergüenza, no atiné a nada mejor que volver a meterme al bar, a propósito “I Li ki moja barba” traducido sería algo como “aquí se moja la barba”, claro, no con agua, sino con el licor de palmera, por cierto, riquísimo…, esta vez no tiré nada, por si acaso.

Por Enriqe Torrejón

Coordinador del proyecto Sistemas Alimentarios Sostenibles de UNITAS.

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