Humanos

Una mujer de ojos verdes y cuarenta años sentada a mi lado dice que no puede entender por qué los jóvenes de ahora son tan irrespetuosos, yo quisiera que se calle pero digo – si -, veo al chico que está a la izquierda, creo que ha escuchado la conversación, nos mira con desdén y luego sigue viendo por la ventana sentado con las rodillas en el espaldar del asiento de adelante, la mujer de cuarenta verdes y ojos años señalando con el mentón al chico – mire no más – dice buscando mi aprobación y otra vez sin querer digo – sí -.

Tengo la sensación que toda la gente del micro me está viendo, ¿será que todos oyeron que dije sí dos veces? Me hundo en el libro que como en estas ocasiones (y otras) sirve para hacer que leo y zafarme. Llegó a mí (el libro) a través de una enfermera que esperaba el tren en un pueblo fronterizo entre Bolivia y la Argentina, ella volvía a su país después de años de vivir en Sur América cuidando de un viejo que acababa de morir.

Aquella misma noche en la estación abrí el libro, al hacerlo cayó un papel de entre las hojas en el que citaba una página y más abajo con letra pálmer casi perfecta un comentario sobre la muerte, y de cómo los humanos se ven enfrentados a ella desde cualquier lado del arma. Abrí la página y no pude encontrar relación alguna, así que anoté en un borde el reconocimiento de mi ignorancia con un rotundo “qué huevada”. Guardando el libro en mi vieja mochila me solté de lleno a aquel primer viaje de mi vida. Nunca pude empezar a leerlo, a poco tiempo de llegar a mi destino lo perdí junto con otras cosas.

El autobús se ha detenido y el chico a tiempo de bajar enciende el cigarrillo; la mujer de verdes años y cuarenta ojos mirándome empieza una perorata sobre lo deficiente que es el transporte en La Paz; yo quiero bajar, pero todavía me queda un rato de viaje; así que el libro otra vez me sirve de escondite.

Otra casualidad puso al libro en mi vida por segunda vez. Lo encontré en la biblioteca de un viejo abogado que llevó mi defensa en un juicio que perdí. El abogado precisó que – este libro ha comenzado su recorrido en España, donde fue impresa esta reedición en 1970;  y no me parece extraño que haya llegado hasta aquí, puesto que la literatura Rusa junto a la de otras regiones del mundo revolucionado circulaba entre la gente y la gente circulaba también, a veces escapando – parecía un cura en su púlpito – y así vino a dar a América – hizo un pase como un cow boy disparando un revólver – Sólo puedo saber que no soy yo el destinatario de lo que alguien quiere decir a otro alguien a través de este libro, ¿serás tú? – Terminó entregándome el libro.

Aquella noche sentado a la luz de una farola en la estación del ferrocarril de Oruro, empecé a leerlo. Y mientras mis pensamientos se mezclaban con la vida de los personajes a través del torbellino de alcohol y decadencia en el que vivían el capitán Kuvalda y su corte de ex hombres, mi destino cifraba que esta vez tampoco lo acabaría de leer, se quedó soportando un marco de madera que servía de puerta en la habitación que usaba para hacerme la idea de una casa en la ciudad que me albergaría por el tiempo que duraría atajando las ganas de volver a montarme a otro tren.

Una joven mujer de color (blanco), no puede subir al autobús porque le sobra su hijo que va en un coche, todos giramos la cabeza para otro lado haciéndonos los desentendidos, bueno, también las desentendidas. Al fin parece que la verde mujer de años cuarenta va a tener razón, el transporte en esta ciudad más que un servicio parece un pretexto para dejar de usarlo.

Por Enriqe Torrejón

Coordinador del programa Sistemas Alimentarios Sostenibles de UNITAS

Foto: svenschermer / depositphotos.com

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