En Santa Cruz son vendedores, estibadores, ambulantes, cuidadores y malabaristas
Esta investigación del medio Guardiana se realizó en el marco del taller virtual “El periodismo como ejercicio de defensa de derechos” (2da versión) que realizó la red UNITAS con el apoyo financiero de la Unión Europea y en coordinación con la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia (ANPB) y el coauspicio de FUNDAMEDIOS de Ecuador, dentro del proyecto “Sumando Voces Multiplicando Acciones: Las Organizaciones de la Sociedad Civil defensoras de derechos y redes de prevención y protección de grupos específicos en Bolivia”.

Misael tiene 13 años y es de la estatura de su padre. Ambos llegaron hace tres meses desde Guayaramerín (Beni) hasta Santa Cruz de la Sierra para vivir y trabajar en esta ciudad, y se acomodaron como estibadores en el mercado Abasto luego de pagar una cuota de Bs 500 por cabeza a la asociación de su gremio.

A sus 13 años, Misael no está registrado en la escuela secundaria y su padre asegura que pedirá el RUDE (Registro Único de Estudiante) a la maestra para inscribirlo en el curso que le corresponde; aunque no precisa cuándo lo hará. El Abasto es el mercado minorista de víveres más grande de la ciudad y en su interior existen por lo menos tres asociaciones de estibadores que se identifican por sus chalecos.

Entre Bs 80 y 100 gana cada uno por jornada y los ingresos por ahora son satisfactorios para ambos. La Asociación de Estibadores no firma contratos ni discrimina el ingreso de miembros por su edad, pero es obligatorio estar afiliado a uno de estos gremios para trabajar. La alternativa es entrar como “piraña” al mercado y estar en permanente riesgo de ser expulsado por las asociaciones.

Los niños, niñas y adolescentes trabajadores están por todo el Abasto; son vendedoras, estibadores, ambulantes, ayudantes de cocina y de costura. Afuera del mercado también están en los mismos oficios, pero además se les puede ver de cuidadores de autos, limpiaparabrisas, malabaristas. En muchos casos trabajan apoyando a sus padres, pero también hay los que son cuentapropistas a su corta edad.

Los niños estibadores deambulan buscando clientes y empujando su carretilla, y algunos, cerca del mediodía, están en los juegos electrónicos y juegos de Internet. Misael se mantiene cerca de su padre todo el día en el trabajo, que se extiende los siete días de la semana. Al terminar, llega a su casa y se pone a lavar su ropa para luego descansar porque “tampoco es bueno trabajar demasiado”.

EMPUJANDO UNA CARRETILLA

Si bien Juan ya no es menor de edad porque tiene 18 años, Guardiana habló con él porque trabaja desde sus 11 años como estibador cuando aún era un niño. Responde cortante a las preguntas periodísticas. A estas alturas se mantiene solo, aunque vive con su tía, y hay momentos en que alterna con su hermano el uso de la carretilla. Su tía, una vendedora de verduras, dice que tiene problemas de conducta y que ha dejado la secundaria sin mayores explicaciones. Él asiente serio, con mirada algo desafiante, y tratando de terminar de una vez la entrevista.  

La jornada laboral para estibadores o ambulantes empieza al amanecer. Los dirigentes de las asociaciones dicen que algunos estibadores, incluidos niños, están a la una de la mañana pendientes de iniciar la jornada. A las cinco de la mañana ya hay un ritmo frenético para mover mercadería, acomodar los puestos y prepararse para recibir a los clientes.

LA JORNADA EMPIEZA AL AMANECER

Thiane y Fabiola caminan juntas por ciertos tramos en su trabajo de ambulantes de verduras. Cada una vende al detalle para sus respectivas madres, pero a la vez trabajan para otras vendedoras ofreciendo la mercadería prorrateada por todo el mercado. Ambas aseguran que no han hecho un cálculo de cuánto ganan en un día o mes y entregan el dinero que ganan a sus respectivas madres, quienes se encargan de comprarles ropa y las necesidades que se presenten en la escuela.  

Con dos ramos de brócoli en las manos, a sus diez años de edad Fabiola asegura que trabaja desde sus cinco años porque cuenta desde que recuerda que va con su mamá al mercado. Ambas van al amanecer al mercado Abasto mayorista, compran mercadería y se dirigen al Abasto minorista para vender durante el día las verduras al detalle.

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Fabiola, de 10 años, ofrece ramos de brócoli en el mercado Abasto (foto: Malkya Tudela).

CUIDAR AL HERMANITO

Su amiga Thiane de 12 años es más tímida. Agarra dos cabezas de lechuga mientras cuenta que asiste al mercado desde hace dos años como ambulante en la venta de toda clase de verduras. Con una voz ronca explica que solo va de tres a cuatro días al mercado y también en los días en que se prevé que habrá más venta.

Si no trabaja o estudia está cuidando a su hermanito menor, y no tiene espacio para actividades recreativas como mirar películas o jugar. En un día de venta en el mercado puede estar, junto a su mamá, de seis de la mañana a siete de la noche, y sus ventas de amarros de perejil como ambulante pueden llegar a Bs 100.

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Thiane, de 12 años, es ambulante de verduras en el Abasto (foto: Malkya Tudela).

Este artículo forma parte de una investigación que incluye los siguientes materiales:

  1. Historia del manejo político del trabajo infantil en Bolivia desde el 2014
  2. Gobierno admite que no logró objetivos y alista política pública para trabajo infantil
  3. Ministerio de Trabajo mantiene su palabra de erradicar el trabajo infantil hasta 2025
  4. Muy pocos adolescentes piden y tienen permiso de las defensorías para trabajar
  5. En La Paz, “trabajo para que mi mamá ya no se endeude”…”lo hago por un celular”
  6. Hay pequeños en la Llajta que trabajan más horas de lo permitido y esquivando carros
  7. En Santa Cruz son vendedores, estibadores, ambulantes, cuidadores y malabaristas

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