Hay pequeños en la Llajta que trabajan más horas de lo permitido y esquivando carros
Esta investigación del medio Guardiana se realizó en el marco del taller virtual “El periodismo como ejercicio de defensa de derechos” (2da versión) que realizó la red UNITAS con el apoyo financiero de la Unión Europea y en coordinación con la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia (ANPB) y el coauspicio de FUNDAMEDIOS de Ecuador, dentro del proyecto “Sumando Voces Multiplicando Acciones: Las Organizaciones de la Sociedad Civil defensoras de derechos y redes de prevención y protección de grupos específicos en Bolivia”.

Parados sobre su medio metro o un poco más, niñas, niños y adolescentes son vistos trabajando en calles y avenidas concurridas de la ciudad de Cochabamba, sobre todo cerca de los mercados. En sus manos llevan alguna caja que contiene dulces, chicles o chocolates y no faltan quienes también ofrecen gelatinas. Es muy común que aprovechen la luz roja de los semáforos para acercarse a la ventanilla de los choferes para ofrecerles sus pequeños productos. Pero también están quienes esperan que alguien desee lucir sus calzados bien lustrados.

A cinco de estos menores de edad se acercó Guardiana en Cochabamba, teniendo el cuidado de no sacarles foto de frente, no preguntarles su nombre y apellido para que no se sintieran intimidados y usando un tono amigable para preguntas formuladas de manera sencilla porque ellas y ellos tienen derechos que deben ser respetados. Lo primero que llamó entonces la atención es que trabajan más tiempo del establecido por la Organización Internacional del Trabajo que son 14 horas a la semana. Lo segundo evidente a simple vista es el riesgo que corren al tratar de vender incluso en medio de los carros cuando, muchas veces, estos cruzan las calles incluso en rojo. Lo tercero es que el trabajo de niñas, niños y adolescentes está tan “naturalizado” en Bolivia, que ellas y ellos no se hacen problema alguno por estar en ese lugar, en esa situación y durante ese tiempo.

Aleida, por un celular para estudiar

Aleida tiene 11 años. Trabaja de lunes a domingo por las tardes, de 12:00 a 18:00. Vende refrescos de cebada en la plaza Bolívar de Quillacollo, cerca de la ciudad de Cochabamba. Cuenta que prepara las bebidas por las noches, con ayuda de su mamá. Por la venta de sus refrescos llega a ganar cerca de 30 bolivianos. Dice que vende porque le agrada hacerlo, pero no descuida sus estudios.

En la familia de Aleida, papá y mamá trabajan. Con el dinero que gana ayuda a su madre para abastecer la cocina y se queda con un saldo que va destinado a su fondo de ahorros, en un “chanchito”, para algún día comprarse un teléfono celular. Cuenta que todos sus hermanos pasan las clases virtuales en el celular de mamá. No solo sabe vender, sino también cocinar y no niega que algunas veces hizo quemar el arroz. No guarda timidez al contar que tiene dificultades cuando se trata de preparar sopas.

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Aleida se acerca a un conductor para ofrecerle su producto (foto: José Choque).

César, un migrante trabajador

La jornada laboral de César, de 15 años, es de 10:00 a 18:00, de lunes a viernes. Lustra calzados en el mercado La Pampa de la ciudad de Cochabamba, cerca de la antigua estación de trenes. Cuenta que recorre puesto por puesto para sacar brillo a los zapatos de comerciantes y asegura que “sabe lustrar bien y se hace conocer con las señoras como buen trabajador”.  Por lustrada cobra dos bolivianos. Cuenta que en días que no son feriados llega a ganar hasta 60 bolivianos  y los días de feria, 100 bolivianos.

Su familia es numerosa. Tiene siete hermanos, de los cuales él es el cuarto. Migraron de la provincia Challapata, departamento de Oruro, con la esperanza de mejorar la calidad de vida y buscar una formación de nivel superior. César sueña con llegar a ser contador y asegura que es bueno para las matemáticas. No le agrada pasar clases virtuales porque gasta mucho dinero comprando tarjetas de recarga de crédito; además, en su barrio no hay conexiones a internet. Tiene que lustrar calzados porque falta el dinero.

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César le saca brillo a los calzados de uno de sus clientes (foto: José Choque).

Moisés y sus padres con deuda bancaria

Moisés, de 12 años, trabaja de lunes a sábado, entre las 08:00 y 16:00. Vende gelatinas en inmediaciones de la avenida República y la calle Punata, cerca del mercado La Pampa de la ciudad de Cochabamba. Recorre el separador de carriles de la avenida, ofreciendo su producto a choferes de minibuses y taxis.

Carga en sus manos un pequeño balde donde lleva las gelatinas que vende a un boliviano. También tiene una pequeña toalla para cubrir las gelatinas. Cuenta que prepara unas 40 o 50 gelatinas, pero a veces solo llega a vender de 20 a 30 unidades porque la temperatura elevada echa a perder el resto. Dice que al día gana 30 bolivianos y este dinero va a parar a sus ahorros. También ayuda a sus padres que tienen una deuda bancaria. Moisés estudia, pero tiene dificultades para pasar clases virtuales ya que no tiene celular para acceder a las clases. El último equipo que tenía se arruinó.

Moisés camina sobre un delgado separador de carriles para tratar de vender sus gelatinas en la Av. República de Cochabamba (Foto: José Choque).

A sus 10 años, Roselinda vende por un celular

Roselinda es una niña de 10 años. Se dedica a la venta de chicles o gomas de mascar. Cuenta que con 22 bolivianos se compra una caja completa, de 100 unidades, y vende todo su contenido. Trabaja para ayudar a la economía familiar. Su mamá también es comerciante en el municipio de Quillacollo y su papá es albañil.

Cuando se habló con ella, indicó que había empezado a trabajar un mes antes y lo hace para ahorrar y comprar un teléfono con el que pueda pasar clases virtuales porque ella y sus hermanos, cinco en total, utilizan el celular de su mamá. Así es difícil  estudiar. Dice que se levanta a las 09:00 y dos horas más tarde ya está en su lugar de trabajo, en una plaza pública. Dice que está de regreso en casa a las 21:00. No da su nombre completo a nadie, menos a una persona que no conoce: esto le enseñó su mamá.

Cándido trabaja con su hermano de 8 años

Cándido, de 12 años, llega a las 10:00 a la avenida Barrientos, esquina Pulacayo, cerca del mercado La Pampa, en la ciudad de Cochabamba. Y llega con sus utensilios para lustrar calzados, trabajo al que le dedica tiempo desde hace dos años. Trabaja para ayudar a la familia porque cuentan con pocos recursos económicos. Acomoda su caja y se sienta en un pequeño banquito a la espera de clientes. Cuenta que un pastor evangélico vio sus necesidades y deseos, y por ello le obsequió  su equipo de trabajo. Cándido dice que cobra dos bolivianos por lustrar un par de calzados.

Cuenta que su mamá se dedica a cuidar a los niños, cuatro aparte de él.  Cándido trabaja con su hermano de ocho años de edad, quien también lustra calzados. Con tristeza dice que su padre se dedica mucho a la bebida y malgasta el dinero que gana como albañil.

Este artículo forma parte de una investigación que incluye los siguientes materiales:

  1. Historia del manejo político del trabajo infantil en Bolivia desde el 2014
  2. Gobierno admite que no logró objetivos y alista política pública para trabajo infantil
  3. Ministerio de Trabajo mantiene su palabra de erradicar el trabajo infantil hasta 2025
  4. Muy pocos adolescentes piden y tienen permiso de las defensorías para trabajar
  5. En La Paz, “trabajo para que mi mamá ya no se endeude”…”lo hago por un celular”
  6. Hay pequeños en la Llajta que trabajan más horas de lo permitido y esquivando carros
  7. En Santa Cruz son vendedores, estibadores, ambulantes, cuidadores y malabaristas

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