Incomunicaciones

Este artículo bien podría haberse titulado entropías comunicacionales, término que, del mismo modo que incomunicación, alude a la sobrevaloración egocéntrica de la autoestima, en paralelo a la ausencia, la degradación, la distorsión o la pérdida de escucha, de diálogo y de comunicación. Ambos términos reflejan la afectación negativa que se hace a la puesta en común de sentidos, imaginarios y prácticas de convivencia social cuando se elige el camino de la confrontación discursiva sin otro fin que la propia confrontación.

Recordemos que la entropía comunicacional tiene tres acepciones. La primera, que Claude Shannon define en su “teoría matemática de la comunicación”, como el desorden que se produce en el proceso de circulación de un mensaje por las interferencias o ruidos que impiden llegar con fidelidad desde el polo emisor hasta el receptor. Esto ocurre por ejemplo cuando los gritos y las silbatinas desencajan los ambientes, los discursos, y a sus emisores, provocando como reacción otras entonaciones que buscan acallarlas, y con las que al conjugarse hacen una sinfonía de ruido estridente que deja al mensaje encapsulado en segundo plano.

Otra versión, la de Norbert Wiener y su teoría del feedback, dice que dada la incertidumbre que produce el mensaje en su recorrido, es necesario retroalimentar el mensaje desde las subjetividades que ocurren en la recepción para equilibrar la información, dado que la pérdida de energía se repone con nueva energía. Estos procesos son comunes en ambientes donde en lugar de superar los acumulados históricos que separan, se los deja crecer negando el ejercicio de la reconciliación a cambio de naturalizar la diferencia que se valora como un don identitario. Por esto, en todos los polos del campo político se aprecian adjetivadores que atizan el conflicto con gestos, palabras y acciones, haciéndose predecibles contribuyentes tanto del espectáculo mediático, como del distanciamiento que perturba y no hace creíble la posibilidad del encuentro en los inevitables entrecruzamientos de la vida. Nueva energía implica otro modelo de encuentro, más relacional, para debates argumentados.

La tercera comprensión la sugiere Daniel Prieto Castillo en su propuesta de la mediación pedagógica, afirmando que la entropía no es sólo la pérdida de energía del mensaje, sino la pérdida de comunicación misma, porque las narrativas se llenan de elementos perturbadores que degradan el valor y los sentidos del discurso, ganando el desorden y el caos en la tensión de las representaciones sociales, culturales, políticas y espirituales. Cuando esto ocurre, se producen aislamientos que se materializan en soledades de cada sujeto fortaleciendo sus propios territorios discursivos y sus espacios de confort, mientras contribuyen así a debilitar el tejido social porque en lugar de tender lazos que aporten a hilvanar las partes, las polarizan.

Esta forma de incomunicación se engrosa con el manejo publicitario que pretende hacer creer que las propuestas se posicionan saturando el ambiente de mensajes que circulan en un solo sentido. En las relaciones sociales y políticas hacer comunicación de este modo, además de vacilarse en autoengaños autocomplacientes que refuerzan la autoestima triunfalista del emisor y sus iguales, equivale a pretender generar empatías mirando el mundo desde el ombligo con la quietud de flujos discursivos que no dialogan, o de posicionamientos que no encandilan, mientras que en la otra vereda se producen desconocimientos, fatigas, fobias, distorsiones y rechazos que amplían las brechas que separan. Esto vale tanto para los oficialismos como para las oposiciones. La comunicación es siempre cuestión de dos o más en diálogo constituyendo sentidos de sociedad. La comunicación política son las batallas simbólicas por formas de poder. Y la incomunicación es el cultivo del conflicto amamantando las divergencias y el propio conflicto.

En la sociedad de la incomunicación el desorden es su forma de conducta, la confusión su escenario, el caos su cotidianeidad política, la división su herramienta, el ensimismamiento su identidad, la imposición su narrativa y la entropía su forma de vida. Esto en los términos tradicionales de la entropía equivaldría a la parte de la energía que se derrocha porque no sirve para producir, sino para diseñar un círculo vicioso de confrontaciones. En la vida política las provocaciones generan más provocaciones y las protestas sin propuestas parapetan posiciones haciendo irreconciliables a dos polos que se quitan energía entre ellos y, lo que es más preocupante, le restan vitalidad a la democracia y a las causas comunes.

El opuesto de este esquema es la comunicación que encamina sociedades de convivencia, o sea la cultura del diálogo que prioriza la resolución pacífica de conflictos, así como la capacidad de escuchar y la voluntad de respeto al otro, para dinamizar encuentros con alteridades, o si se quiere, sociedades con causas compartidas tejidas desde las diferencias. Comunicación no es sinónimo de homogeneidad, sino de alteridad y de capacidad para procesar las exigibilidades de derechos, las reivindicaciones de demandas, las propuestas de leyes y de políticas en el marco de la deliberación, por más distintas y encontradas que sean las posiciones. Hace falta otro sistema de relaciones donde se pongan en común ideas, ideologías, imaginarios, realidades, logros, demandas, propuestas, frustraciones y esperanzas, porque la incomunicación es a la sociedad lo que la depredación es a la naturaleza.

Adalid Contreras Baspineiro

Sociólogo y comunicólogo boliviano

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