Que otros pinten los paisajes

Estos son tiempos de entierros y de recuerdos. Mientras los cementerios multiplicados por centenas acogen cenizas, los ambientes se llenan de vidas que emergen desde la tierra o desde los aires en los que siguen estando sin haberse ido. Son tiempos de reproducción vital del eterno retorno que, según Milan Kundera, como las cosas aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad e impulsadas más bien por la magia de la nostalgia, nos hacen recordar detalles vividos o imaginados que parecían desterrados al olvido.

Las vidas se apagan y la muerte las resucita como realmente habían sido, en un mundo donde se modelan los recuerdos. En estos tiempos de incertidumbre en los que las palabras se expresan desde el rincón de la nostalgia, razonamos recordando vidas que ya sin el peso de la materialidad están rondando libres por los aires, creando circunstancias para seguir viviendo sin aferrarse al pasado, sino recuperando de él lo que la vida se reservó como detalles que renacen para seguir abriendo caminos en futuros que se reharán en nuevas cenizas y otras remembranzas.   

En este cofre de los recuerdos, a propósito de la partida reciente de Chichizo, alias Eduardo López Zabala, he recuperado su presencia amiga que lindaba con la hermandad, cuando le entregamos nuestra primera juventud al trabajo en comunidades del altiplano y de los yungas, trabajando en Qhana, esa extraordinaria experiencia de educación y comunicación popular, en la que Chichizo y el Japo, alias Néstor Agramont Vincenti, otro entrañable amigo, eran los responsables de la producción de los videos educativos y yo estaba a cargo de los trabajos de campo.

Japo adelantó su partida hacen ya dos décadas, pero sigue tan presente como si el tiempo no hubiera transcurrido o como si la muerte se ocupara de darle vida en la nostalgia. Chichizo y Japo eran una dupla anti-institucionalidad de creatividad e innovación sin límites, soñadores de la vida más allá de la vida misma. Les pedíamos que testimonien la riqueza del trabajo de campo forjada en convivencia con la vida en las comunidades. Y parafraseando al gran Jorge Sanjinés, nos decían que otros pinten los paisajes, para que reflejemos nosotros el alma escondida que da vida a las individualidades y sus encuentros en colectividades que están siempre en camino, sin que nada los detenga, abriendo brechas, transformando realidades en contextos que discriminan naturalizando las diferencias.

Y esta su filosofía se reflejó en producciones que vivenciaban desde sus entrañas la fuerza incontenible de las culturas populares. Afuera encandilaban y cosechaban premios. En las comunidades sus docudramas no solo gustaban, apasionaban y daban lugar a sesiones inacabables de horas y horas de debate, de testimonios, de anécdotas, de remembranzas, de reflexión crítica, de sueños, de ilusiones, de compromisos, de vida que se hace comunicación cuando ésta, como solía decir Jesús Martín-Barbero, tiene el coraje de hacerse desde la intemperie.

Las teorías del audiovisual que manipula se hicieron trizas con los videos educativos (o sociales, o etnográficos, o participativos) de Qhana, porque contribuyeron a diseñar comunicologías desde la fortaleza de las prácticas sociales hechas de acciones, pensamientos y sentimientos materializados en la voz, las imágenes y los haceres de sus propios actores sociales incluyéndose en el mapa como sujetos con derechos, dando saltos entre un ahora crítico, un ayer utópico y un mañana luminoso que son inseparables.

En el retorno del país a la democracia, empezando los ochenta del siglo pasado, nos tocó hacer seguimiento de las elecciones en un recinto de las laderas de Chuquiago Marka. No les dejaron activar cámara fotográfica ni filmadora. No les hacía falta, sus ojos lo registraban todo, hurgando en aquellos detalles visibles o no tangibles que sólo se miran desde la convicción de los sentipensamientos. En el informe abundé en las estadísticas, los programas, los debates y las expresiones políticas del acontecimiento poniéndolos en su contexto. El informe de Chichizo y Japo hablaba de las elecciones desde los vericuetos de la vida cotidiana, reflejando los rostros, los colores, las expresiones sin habla, las hablas, las comidas, el contexto festivo, la presencia familiar y comunitaria y las ilusiones escondidas en los votos… En su conjunto, nuestro informe expresó lo trascendente, pensando la política dentro de la cultura y la cultura interiorizada en la política.

Me quedó la costumbre desde entonces que cuando voy al fútbol, pienso con ellos que el verdadero disfrute está en la combinación de las jugadas en la cancha con las reacciones en las graderías. ¿Cómo se explica el gol sin los rostros de alegría, o de sufrimiento, o el grito interminable de su disfrute que no está en los botines sino en los corazones de las hinchadas? ¿Cómo se explican los procesos educomunicativos sin mediaciones pedagógicas entre las matrices culturales, los procesos sociales y las pluralidades de voces? ¿Cómo entender la invasión a Ucrania sin destapar los intereses geopolíticos, la historia acumulada y las resistencias ciudadanas? Definitivamente, que otros pinten los paisajes.

Adalid Contreras Baspineiro

Sociólogo y comunicólogo boliviano. Director de la Fundación Latinoamericana Communicare

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