Las voces de las calles

En mi natal Quechisla, centro minero ubicado al sur de Potosí, la mitad de nuestra niñez, o más, la vivimos en las calles de tierra que se transformaron en un mundo poco habitable cuando las empedraron. Éramos felices en ese espacio de socialización compartida. Allí hacíamos colectivamente nuestras tareas escolares en cuadernos descompaginados que luego, apilados, servían de arcos para nuestros épicos partidos de fútbol. Ese era el lugar donde al caer la tarde, sentados en el suelo formando un círculo de mutua protección, contábamos nuestros encuentros con el duende del horno y otros aparecidos. Eran lugares de grabado de huellas sociales y de imaginarios de pertenencia comunitaria. Será por eso que poco a poco, una a una, como quien no hace ni ve nada, las calles se fueron desempedrando para devolverse su identidad promotora de la vida de sociedades que las habitan más que de pasos que las transitan.

Por el contrario, en las ciudades grandes la vocación de las calles está más relacionada con la función de hacer circular personas, vehículos, mercancías, días, noches e historias, en inacabables idas y venidas que hacen parecer que no son las gentes sino las calles las que se mueven como correas transportadoras de vidas sin tiempo para detenerse. Hay calles de ciudades que son ellas las que marcan el ritmo de los movimientos, las que señalan la identidad de los caminares y las que definen los destinos de los pasos de los transeúntes. Pero aún en esta composición urbanística de ajetreo sin pausa, la vida de las calles transgrede cotidianamente su vocación de circular en múltiples direcciones y topografías, porque han aprendido a generar socializaciones al paso y a tejer historias circulando. Fluyen y generan vida mientras caminan.

En su sentido sociológico, la calle es figurativamente una hilera de migraciones cotidianas, multicolores, que operan como un todo simbólico de socializaciones al paso y de contemplación reflexiva de los recorridos de las vidas generando culturas vivas revestidas de una vorágine indetenible. La calle es un espacio público de construcción ciudadana, que le da representación de totalidad a sus fragmentos operando como el conector natural de los barrios, el articulador de viviendas y sociedades, la bisagra de las vidas particulares con las colectivas, el conector de exigibilidades con poderes y la conjugación de las demandas específicas de grupos dispersos en una sumatoria de partes convertida en derecho ciudadano. La calle es el espacio donde se hace la vida que circula con socializaciones heterogéneas entre individuos, entre territorios, entre culturas, entre sociedades, entre tiempos históricos, entre generaciones, entre iguales y entre distintos que se emparentan “engentándose” u otorgándose identidad en la diferencia, al paso, siempre al paso.

En su sentido comunicacional, la calle es un espacio de interacciones hechas de miradas, de señalizaciones, de saludos al paso, o de diálogos que convierten las aceras y las esquinas en lugares de escucha y de construcción discursiva de personas y multitudes, de rostros familiares y desconocidos, de voces que emanan de ellos y de sonidos que complementa la calle y que no son ruidos, no, sino hablas de vida en movimiento. La calle es al mismo tiempo espacio de interacciones equivalentes, asimétricas y nómadas que operan como resúmenes de encuentros casuales o premeditados entre iguales o entre distintos que intercambian sentidos de vida con sus edificaciones como contexto. La calle misma es comunicación.

Políticamente las calles son testigo, espacios de realización, partícipes y promotoras de movilizaciones que convierten los sentidos interculturales urbanísticos y sociales en espacios de disputas, de (des)encuentros, de negociaciones, de intercambios, de acuerdos y de conflictos. Cuando la política se toma las calles, éstas se convierten en las voceras vivientes de las historias que se tejen en sus recorridos.Contienen las demandas que protagonizan los movimientos que las ocupan recorriéndolas para tocar las puertas de la indiferencia, tanto de los poderes como de las ciudadanías y de los medios de comunicación, buscando que los registren en narrativas que se expanden naturalizando la protesta como parte de la vida cotidiana de las calles camino a sus resoluciones.

Urbanísticamente, en sí mismas, las calles concebidas como espacios para transitar, tienen su propia vida hecha de la calidad de su suelo, de su entorno amigable –o no- con el medio ambiente, con su capacidad de sostener viviendas y edificios cuya estructura del suelo pueden –o no- resistir. Lugar de tránsito y de socialización, de encuentro y de generación de vida, a las calles les duelen sus aceras desvencijadas, les hieren sus plazas sucias, sufren cuando les quitan un árbol o las convierten en corredores sin luz y les lastiman las indiferencias con su capacidad promotora de vida en sociedad.

Siendo propiedad de todos y de nadie más, deberían combinar su vocación de transitar con su potestad para socializar. Pero no siempre es así, veamos. Néstor García Canclini define como lugares de “homogeneización recesiva” a los espacios que, si bien se los maquilla, se los adorna, se los ilumina y se los señaliza para que imaginemos las ciudades como avanzadas de modernización, en realidad reflejan la calidad de vida que cobijan y las políticas que las sostienen. En el continente está predominando un sentido mercantil que hace que las calles se conviertan en los escenarios dramáticos de la violencia, en los lugares caóticos de la pobreza y en los suelos que se abren porque no resisten el peso de las moles de cemento que exceden sus capacidades. Y entonces se legitiman como los escenarios de producción de los conflictos. Vamos a cuidarlas, o a desempedrarlas, para que sigan generando vida.

Adalid Contreras Baspineiro es sociólogo y comunicólogo boliviano. Director de la Fundación Latinoamericana Communicare

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